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Del modo en que interactuemos con nuestros hijos e hijas, de cómo pasemos el tiempo, qué actividades compartamos, de qué cosas hablemos y cómo hablemos, dependerá la relación que se genere.

La psicóloga Eva Pellicer, vicedecana del Colegio Oficial de Psicología de Santa Cruz de Tenerife, y especialista en menores y familia, hace una reflexión por el Día Internacional de la Familia.

El 15 de mayo se celebra el Día Internacional de la Familia, y en nuestra cultura la familia es el principal agente socializador del ser humano. De ella obtenemos nuestros pilares fundamentales, nuestros valores, parte de nuestra identidad y, hoy por hoy, tanto si resulta un apoyo fundamental en nuestra vida, como si no; tanto si la hemos elegido frente a otras opciones o no, nos resignamos y aceptamos nuestra pertenencia a ella.

Además, lo cierto es que la mayor parte de nosotros estamos en este preciso momento confinados con nuestras familias. Y es el momento de preguntamos: ¿cómo ha influido la situación generada por el COVID-19 en la familia? ¿Cómo se desenvuelve y sobrelleva la familia esta situación?

Dar una respuesta única resulta complicado y generalizar siempre nos lleva a cometer errores. Cada familia tiene un modo único de relacionarse, producto de la suma de los individuos que la conforman y de las interacciones entre estos a lo largo de los años, lo que da lugar a tantas posibilidades como familias existen. Podemos encontrar también diferentes factores, unos más positivos que otros.

El modo en que cada persona lo vive y lo siente dependerá de características personales como su edad, el momento evolutivo en que se encuentre, su actitud ante la vida, si posee o no responsabilidades familiares y personas a su cargo, si se encontraba en un buen momento emocional antes de la crisis sanitaria, el estado de salud físico y psicológico, etc. Así como de las circunstancias concretas que en este momento le rodeen: nivel de ingresos, si trabaja o está desempleado, si acaba de perder el trabajo o lo mantiene, el tipo de trabajo, si ha de tele-trabajar o no, lugar y características de la vivienda, el acceso a los recursos en su entorno…

De la combinación entre estos y otros factores dependerá que unos vean la botella medio llena y otros medio vacía, y a su vez, esto influirá en el modo en que se relacionen con los demás miembros de su familia.

Teniendo en cuenta las circunstancias personales y sociales mencionadas y, por supuesto, sin olvidar nunca la tragedia por las pérdidas de vidas humanas sufridas en todo el mundo, así como las excepcionales circunstancias en que las familias de los fallecidos han tenido que vivir estas pérdidas, la situación de pandemia puede suponer un periodo de oportunidad para la familia.

Obligatoriamente, todos hemos parado el ritmo de vida, porque hasta aquellos que, por lo imprescindible de sus servicios para nuestra sociedad y continúan trabajando, carecen del resto de ocupaciones sociales y compromisos habituales. Esto se traduce en mayor tiempo disponible para dedicárselo a quienes más lo valoran y más lo necesitan: los hijos.

También lo necesitarían nuestros mayores pero, dadas las circunstancias y la vulnerabilidad de su salud ante la crisis, esto es capítulo aparte.

Los niños necesitan compartir tiempo con sus padres y madres, por encima de cualquier otra cosa. Por encima incluso de cualquier otra cuestión que nosotros creamos importante para ellos, que seguramente responde a nuestros propios deseos y expectativas.

Muchas veces invertimos recursos económicos para realizar actividades con ellos, olvidando que lo más importante es que las hagamos juntos.

Del modo en que interactuemos los padres y las madres con nuestros hijos e hijas, de cómo pasemos el tiempo, qué actividades compartamos, de qué cosas hablemos y cómo hablemos, dependerá la relación que se genere.

Este es un mal momento para muchas cosas, pero puede resultar un buen momento para dedicar tiempo justo a eso, a la familia. A organizar y realizar actividades juntos y sin las distracciones habituales; a compartir más, a estar más cerca; a tumbarse abrazados en el sofá, a ver películas o series, a conversar con ellos sobre sus inquietudes e intereses por absurdas que nos puedan parecer. O a jugar con ellos a las consolas o al monopoli, a practicar alguna actividad física juntos… En definitiva, a todo lo que siempre decimos que querríamos hacer y no tenemos tiempo de hacer.

Este es el momento y esta es nuestra oportunidad de reflexionar sobre qué tipo de relación queremos tener con nuestros hijos y qué cosas hacemos para conseguirlo. Qué pequeño paso, que acción o gesto podríamos hacer desde hoy mismo para conseguir acercarnos a nuestra idea o a nuestro deseo de familia.

A veces, con muy poco podemos conseguir grandes cosas. Es el momento de relacionarnos con ellos desde el corazón y no desde la exigencia de las responsabilidades que el ritmo de vida nos impone. Relajémonos, bajemos algo más la guardia y simplemente disfrutemos de ellos. El tiempo que ahora mismo corre, no lo volveremos a disfrutar. En este momento incierto, no sabemos si vendrán tiempos mejores o si esto es el principio de algo que nos acompañará por siempre, pero cada instante que vivimos es único e irrepetible, no lo desperdiciemos.

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